Comunicar la historia

La historia puede ser considerada de muchas maneras. Puede ser vista, al menos, como un relato acerca del pasado, que a su vez puede ser escrito de muchas formas, a cada una de las cuales subyace una epistemología distinta, esto es, un criterio de validación o legitimación diferente acerca del valor del conocimiento producido. También podemos interpretar la historia como un método, como una manera o un lugar desde el que aproximarnos a las cuestiones sociales, una forma de especulación que posee sus propias herramientas para la interpretación.

Cuando sucede lo primero las opciones son variadas. Encontramos desde literaturas o productos audiovisuales de divulgación hasta una parte muy importante de la especializada y fragmentada producción académica. En el primer caso suelen imponerse, como temas, los grandes nombres, los grandes hitos o en ocasiones también las pequeñas historias cuyo valor reside en ser escasamente o nada conocidas por el público. En todos los casos el divulgador/historiador abre ante los ojos atentos del público una cajita que contiene el pasado y que, hasta entonces, permanecía cerrada, es decir, llena de misterios. Pasado, misterio, se tornan contenidos intercambiables en el discurso del divulgador/historiador. El misterio es en principio inefable, pero se puede contar –gracias a la habilidad/conocimiento del divulgador/historiador- como relato histórico o como ficción. A menudo el divulgador/historiador hace ambas cosas a un tiempo. En suma, ficcionaliza lo inefable.

En el ámbito académico, la producción está orientada por las exigencias de interlocución y financiación inextricablemente vinculadas con la política (también universitaria) y las circunstancias institucionales del momento, no solo a escala española, sino también de forma más general a escala occidental. Los paradigmas se modifican y lo que solemos llamar las líneas de investigación lo hacen, tendencialmente, también. El historiador profesional normativiza su quehacer de conformidad con los nuevos patrones que impone su línea de investigación y propone interpretaciones operativas, que lo son al menos en el estrecho espacio de su actividad.

Tanto en el caso de la producción de cultura histórica para su divulgación como en el de la producción académica existe, sin embargo, una desatención manifiesta a la comunicación que exigen sociedades complejas y supuestamente democráticas como las nuestras. La divulgación existente en España, por ejemplo, presupone un público, al que se lanza una serie de mensajes con un propósito, por lo demás legítimo, cual es el de entretener. Y esto en la suposición de que el entretenimiento, el disfrute, es neutro desde un punto de vista epistemológico. O sea, es inocente. O sea, no es político.

La producción académica, por su parte, no se propone entretener (necesariamente), sino informar. Luego comunica para un público con un propósito, incrementar el conocimiento. Éste propósito no es tampoco neutro, por supuesto parte de una cierta epistemología, por supuesto es también político.

Entre medias de estas dos modalidades de producción y comunicación de cultura histórica surge un espacio difuso en el que públicos, contenidos y canales se revuelven dando lugar a interrogantes significativas que tienen que ver, directamente, con la necesidad de reevaluar la importancia social de la historia.

Detrás de todo relato histórico (nacional, de clase, de género, familiar, profesional, empresarial, etc.) hay un mito, y la dimensión publica de la historia debe consistir, precisamente, en desnudar y explicar el mito en cuestión, en contextualizar el mito, en historizarlo. Solo confrontando el mito es posible acometer semejante operación y la confrontación, por fin, tiene como condición la comunicación social de la historia. No se trata de desvelar el mito para encontrar la realidad que esconde, sino de comprender la realidad-en-el-mito.

La historia debe ser comunicada para poder ser disputada, debe ser comunicada para poder ser entendida, compartida, para poder desplegarse como un saber público. La historia, de este modo, adquiere un extraordinario valor social, importa no solo como industria, no solo como objeto de una profesión, sino fundamentalmente como un discurso necesario para la identificación, para la vertebración social, como una herramienta al servicio de la convivencia.

Si historizar implica tejer lazos a través de un relato sobre lo inerte (aquel misterio que interesaba al historiador/divulgador y a “su público”) significa también resignificar, porque en definitiva la historización es un acontecimiento cotidiano que versa en el fondo sobre el presente y debe implicar, en la medida de lo posible y de maneras distintas, al conjunto de la sociedad.

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