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Menos templos y más ágoras

Hossam el-Hamalawy- Graffiti in Mohamed Mahmoud Street II (2011)_peq (Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0 Generic (CC BY-NC-SA 2,0)Hossam el-Hamalawy: Pintadas en la calle Mohamed Mahmoud, cerca de la plaza Tahrir (El Cairo, 2011) CC BY-NC-SA 2.0

Cuentan que en el año de 333 Alejandro Magno, una vez que hubo liberado Anatolia en dirección a Egipto, donde fundaría su ciudad más preciada, Alejandría, se negó a visitar Jerusalén para rendir homenaje a tan mítico lugar. Como ciudadano griego razones no le faltaban: Jerusalén podían tener miles de habitantes, riquezas, leyes, murallas, templos, policía o sacerdotes, pero, con todo, no era una ciudad pues carecía de ágora, ese espacio simbólico donde los ciudadanos actúan como tales. Pues bien, a menudo España parece asemejarse a esa kóme desdeñada por Alejandro, esto es, a una aldea repleta de templos académicos donde sacerdotes no elegidos tratan de alcanzar, como si de alquimistas se tratara, la versión definitiva de nuestra historia. Fuera de las paredes simbólicas de estos templos donde se crea y recrea el canon de la memoria la memoria hegemónica (la gloriosa Transición, la imparable modernización socioeconómica…), hay una feligresía ensimismada con un saber para cuya producción se sienten incapacitados porque los augures se han encargado de esgrimir que únicamente ellos poseen el método cabalístico –el método de los historiadores- para contemplar objetivamente el pasado, de la misma manera que sólo ellos son capaces de verter el conocimiento que proporciona dicho método al enigmático lenguaje cientificista, ajeno a las narrativas vulgares con las que algunos ciudadanos expresan sus “opiniones” –dicen los augures- sobre el pasado

Ante tanto sacerdote y tanta feligresía, a muchos ciudadanos se nos ha olvidado que carecemos de ágoras. Y si carecemos de ágoras, entonces no podemos reivindicarnos como ciudadanos porque habremos permitido que se nos arrebate el derecho a discutir no sólo sobre el presente y el futuro, sino también sobre el pasado. Levantemos, por tanto, ágoras donde entre todos podamos desvelar el poder-conocimiento que se esconde tras la memoria hegemónica. Reivindiquemos ágoras que operen como redes de discusión a través de las cuales liberarnos de la patología de la “modernización” que nos avergonzó hasta tal punto de reprimir jalones enteros de nuestra biografía colectiva. Ágoras en las que intervengan quienes deberían dedicar su tiempo y nuestro dinero a desarrollar herramientas críticas para el debate histórico. Sólo así conseguiremos dignificarnos como ciudadanos cuyas memorias no podrán ser silenciadas ni clausuradas por la pretensión de algunos académicos y poderosos de decirnos la verdad última sobre un pasado que a todos nos pertenece.

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