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Historia poscolonial de España

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“¿Una historia “poscolonial” sobre España? ¿Qué demonios es eso? ¿Acaso se puede enfocar el estudio del pasado español como si fuera una excolonia necesitada de ajustar cuentas con un pasado de sometimiento a un imperio? ¡Pero si España no ha sido colonia sino todo lo contrario, imperio, y después estado nacional como el resto de los países de Europa occidental! Si acaso es a sus excolonias ultramarinas a las que les conviene un enfoque así. ¿A qué viene entonces darle la vuelta a la ecuación y plantear un proyecto que observe la trayectoria de la modernidad española desde una perspectiva poscolonial? ¿Es posible aplicar una perspectiva de tipo poscolonial al conocimiento del pasado sobre lo que hoy llamamos España? ¿Qué quiere decir “poscolonial”?

Estas mismas preguntas nos las seguimos haciendo nosotros. De lo único que estamos convencidos es de que, en el intento de responderlas, expertos y ciudadanos podemos ampliar de manera significativa nuestros recursos interpretativos acerca del pasado. En juego está el romper amarras con todo un conjunto de lugares comunes y autopercepciones que constriñen nuestra capacidad de comprensión del presente y de imaginación sobre el futuro.

Adoptar una mirada poscolonial es hacer algo que las elites culturales españolas nunca se han atrevido a hacer a lo largo de la modernidad: lo que define todo el discurso de la cultura española desde la Ilustración hasta hoy día es que se ha producido precisamente para negar, eludir o superar la sensación de poder estar al borde de una condición periférica, dependiente, colonial. Ese temor íntimo y a menudo inconfesable a quedarse fuera, a quedar atrás, a quedar postergados, a no recibir reconocimiento, a no ser, forma parte del inconsciente colectivo de todas las generaciones de personas públicas, publicistas e historiadores españoles desde la decadencia imperial en adelante. No se ha buscado desde entonces afrontarlo como una patología cultural compartida, sino lo contrario: escapar de él. Huyendo del diagnóstico se han exacerbado discursos agresivos y autocomplacientes, incluso autistas, sobre el pasado. Por mucho que nos digamos que este estado de cosas ha sido ya superado, seguimos negativamente pegados a él.

La posibilidad de que lo que parecía imperio pudiera ser en realidad colonia ha acompañado desde el barroco los debates sobre la identidad y el estatus de España en el orden internacional. Lo ha hecho como un subtexto entre líneas, funcionando como el meta-relato por negación de toda la historiografía española desde al menos los últimos doscientos cincuenta años. Atraviesa por medio todos los relatos sobre el fracaso o el retraso de la modernización, tan extendidos hasta hace bien poco.

Hoy en día esas historias han dejado de ser dominantes, pero es un engaño creer que todos los problemas se han resuelto al proliferar en los últimos años nuevas narrativas que rechazan esas versiones pesimistas, melancólicas, anti-heroicas, y que en su lugar hablan de éxito, de normalidad, incluso de grandeza. Relatos en apariencia tan distintos tienen en común más de lo que a simple vista parece: comparten el mito de que hay unos estándares de modernidad económica, política, cultural, unos modelos ejemplares y recorridos históricos normales por referencia a los cuales se pueden caracterizar los demás casos.

Estos mitos escapan al control de quienes comparten las valoraciones morales sobre la modernidad española que subyacen a esas narrativas. Se burlan así de unos historiadores que, aunque dicen combatir toda forma de mito, los producen y reproducen en sus obras. Para identificarlos hace falta un grado de distanciamiento crítico sobre los relatos de la modernidad española que es el que puede aportar una perspectiva de tipo poscolonial.

Pero el proyecto Historia poscolonial de España nace también de otro deseo, el de explorar maneras de contar el pasado interpretando experiencias de quienes no han tenido reflejo en las Grandes Narrativas de la modernidad o han quedado totalmente desfigurados en ellas. Pues el otro rasgo común a todos esos relatos, sean pesimistas u optimistas, es que denigran como “tradicional” todo lo que no se amolda a definiciones normativas y excluyentes de la modernidad. Es una forma de clasificar que vuelve invisibles prácticas sociales incoherentes con los patrones convencionales del presente pero que pudieron ser muy relevantes entre nuestros antepasados.

Hacer visibles esas experiencias es en principio una ambición vana: la cultura histórica de los españoles ha estado y sigue estando cortada por el patrón de unas elites urbanas, cultas y moderadas y ya sólo esto hace imposible recuperar las voces de nuestros antepasados sin distorsionarlas por ese prisma que está inserto en nuestro lenguaje. Las líneas de reflexión, investigación e interpretación que definen las actividades de este proyecto se justifican por encima de todo en el intento de no caer en nuevos mitos sobre esencias colectivas. Por el camino, es posible contribuir a nuevas narrativas sobre el pasado algo menos pegadas a las mismas anteojeras que las que ya conocemos.

Partimos de una noción elemental de mestizaje: en cada uno de nuestros antepasados cristaliza una hibridación de diferentes temporalidades interpretadas y reinterpretadas de manera cambiante y abierta en cada contexto. También en nosotros que, al igual que ellos, tampoco somos modernos por mucho que lo creamos.