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El 15-M y las narrativas de la modernidad en España

Marcos Fernández Díaz- Plaza del Sol (Madrid, 27 de Mayo 2011) (CC BY-NC-ND 2,0) CC Attribution-NonCommercial-NoDerivs Creative CommonsMarcos Fernández Díaz: Plaza del Sol (Madrid, 27 de Mayo 2011) CC BY-NC-ND 2.0

Despechados”: de pechar o pagar renta, abrumar con tributos, despojados, desaforados, a quienes se quitó los derechos de pecheros en la Edad media. También despecho menosprecio por ofensa, indignación o quebrantamiento de la costumbre.

“Nosotros, llenos de mil miserias, somos por muchas maneras despechados; nosotros, llenos de creçido trabajo, los reyes  e grandes señores os lleváis todo el provecho” (fol.11 vuelto)
(Anónimo, Diálogo entre le prudente rey y el sabio aldeano (siglo XV), edición de Esther Gómez-Sierra, Papers of the Medieval Hispanic Research Seminar, 29, Londres, 2000)

“Despechados e vendidos
son muy muchos labradores;
cohechados de arrendadores,
los traer muy apremidos…”
(Dezir de la reina doña Catalina de Ruy Páez de Ribera, siglo XV, edición de Rodríguez-Puértolas, 1981).

El Capitán Pitito: ¡Mentira parece que sean ustedes intelectuales y que promuevan estos escándalos! ¿Qué dejan ustedes para los analfabetos?
Max Estrella: ¡Eureka! ¡Eureka! ¡Eureka! ¡Pico de Oro! En griego, para mayor claridad, Crisóstomo. Señor Centurión, ¡usted hablará el griego en sus cuatro dialectos!
El Capitán Pitito: ¡Por borrachín, a la Delega!
Max Estrella: ¡Y más chulo que un ocho! Señor Centurión, ¡yo también chanelo el sermo vulgaris!
(Ramón María del Valle-Inclán, Luces de Bohemia [1924], escena IV)

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Es claro que el movimiento “¡Democracia, ya!” iniciado el 15 de mayo de 2011 está suponiendo un revulsivo para la cultura política española a muchos niveles. Hasta ahora, sin embargo, no se ha llamado la atención sobre cómo un fenómeno de estas características, extensión e intensidad está llamado a influir sobre la orientación de la investigación y la narración histórica en los próximos años.

Pero, ¿por qué habría de hacerlo? Pues lo cierto es que todos los analistas coinciden en que se trata de una protesta inédita, que no parece tener referentes en el pasado, no remite a ninguna tradición ni parece explicarse por otras causas que una muy actual crisis de la representación política que acompaña otra más general e intensa de carácter económico. Y sin embargo, aunque sus oportunidades de influir de forma decisiva sobre la estructura de la política española, o de perdurar en el tiempo, sean aún una incógnita, el fenómeno del 15-M puede, con lo logrado hasta el momento, llegar a tener implicaciones historiográficas profundas y duraderas.

Con este movimiento adquiere visibilidad un nuevo “nosotros”: la toma de conciencia y la participación activa de decenas de miles de ciudadanos en las plazas de las ciudades españolas revela el auge nuevas identidades colectivas que tienen en común la reclamación de mayor participación en la toma de decisiones políticas. Con ellas irrumpe un nuevo lenguaje de valores y maneras con el que se comienza a interpretar el contexto de crisis a escala mundial y nacional. Uno paso siguiente será el dotarse de un relato acerca de su surgimiento como nueva identidad, los jalones principales de su movilización y los resultados de éstas; y progresivamente aparecerá el reclamo de narrativas históricas propiamente dichas que reinterpreten parcelas del pasado con objeto de adecuarlas al lenguaje y los valores de toda esa parte de la ciudadanía que exige una profundización de la democracia.

Llegada esa situación, la presión sobre la disciplina de la historia tal y como se practica en los medios académicos españoles se volverá enorme. Pues el eje vertebrador tanto de los relatos identitarios en ciernes cuanto de esas futuras narrativas históricas serán por necesidad experiencias del pasado que no han estado dirigidas por agentes organizados ni por minorías portadoras de proyectos predefinidos divulgados entre la sociedad.

El problema al que se enfrenta la sensibilidad emergente en las protestas del 15-M es que el relato dominante sobre la modernidad española es completamente ajeno por no decir contradictorio con semejante marco interpretativo. Se trata de algo desde luego manifiesto en el relato institucional sobre la transición a la democracia asumido y reproducido por los historiadores “expertos” en la historia reciente; pero va mucho más allá: toda la narrativa de la modernidad española está marcada por el supuesto de que las fuerzas del progreso en España han sido siempre encarnadas por minorías ilustradas cultas que promueven los proyectos de ciudadanía política y modernización económica, frente a los cuales se sitúan de un lado unos poderes tradiciones y, de otro, una inmensa población inculta y por ende manipulable que sólo se convierte en agente histórico promotor de la modernización cuando su acción es debidamente canalizada por preclaras minorías progresistas. De lo contrario, su entrada en la Historia desencadena la reacción o desemboca en el caos.

Este marco general de los relatos, este meta-relato de la modernidad española, constituye el principal obstáculo para el desarrollo de nuevas narrativas sobre el pasado sensibles al contexto generado en España tras el 15-M. Aunque se trata de un obstáculo nada desdeñable apoyado en relatos transmitidos y heredados durante generaciones, es posible avanzar en su descomposición, pues no deja de estar tejido por medio de categorías más bien poco analíticas, muchos de ellos fundados prejuicios convencionales de la cultura política española que han quedado ahora expuestos con la protesta ciudadana.

Con su irrupción, el movimiento del 15-M ha asestado un golpe a la hegemonía de que ha venido gozando durante décadas y generaciones enteras el meta-relato de la modernidad española. Sus fundamentos han quedado ya desautorizados en el nivel teórico. Éstos se apoyan en una ecuación que identifica a la masa plebeya con la falta de cultura: es esto lo que, cuando menos desde la Ilustración, ha venido justificando la exclusión y el temor a la participación de las grandes mayorías. Pues bien, el 15-M es el primer movimiento que a escala mundial muestra los efectos de la propia modernidad sobre el nivel cultural de sujetos portadores de derechos. Se habla mucho de la función crucial de las nuevas tecnologías de comunicación, como las redes sociales, en el éxito de este y otros movimientos perfilados en los últimos tiempo; sin embargo, la clave está menos en los medios tecnológicos y más en una novedad sociológica: estamos por primera vez ante sujetos colectivos portadores de niveles culturales iguales o superiores a los de las elites políticas y económicas, lo cual permite tomar decisiones y actuar colectivamente de manera responsable y realmente autónoma sin el recurso a minorías rectoras.

Aunque el meta-relato de la modernidad se mantiene en pie por su exitosa apelación al sentido común de la cultura política posfranquista, está condenado a una huida hacia delante; por el camino, la imaginación histórica de las nuevas identidades colectivas está llamada a confrontarlo.

En este sentido una hipótesis obligada que surge desde la nueva sensibilidad cívica es que, por mucho que la protesta del 15-M sea producto de un contexto muy particular de crisis económica y de la representación política, es razonable intuir que ha habido otras experiencias en el pasado comparables a esta protesta etiquetada de “espontánea” y popular que propone una agenda de profundización de la participación política en la cosa pública.

A día de hoy esas hipótesis no tienen cabida en el meta-relato de la modernidad española: las experiencias de autoorganización colectiva y las protestas populares con proyección política participativa han sido marginadas, cuando no desautorizadas de plano en los relatos dominantes. El efecto ha sido su invisibilización, que es el trasunto historiográfico de una falta de reconocimiento como agentes autónomos que los ciudadanos españoles venimos padeciendo desde el final de la Segunda República. Esos sujetos colectivos portadores de críticas al funcionamiento de las instituciones y promotores de reformas radicales favorables a la participación aguardan ser excavados del registro histórico.

El rescate de estas experiencias contribuirá de manera decisiva a terminar con la hegemonía del meta-relato dominante. En realidad, se trata de recuperar un camino en su día abierto pero pronto abandonado por la historia social, la cual reclamaba una perspectiva sensible a los sin voz, una historia popular. En la práctica, sin embargo, la apuesta quedó pronto ladeada, abducida por el peso del meta-relato de la modernidad española, derivando hacia una historia “desde arriba” centrada en las políticas de control social y las formas de dominación social hegemónicas. El problema es que tampoco es posible ya rehacer el camino de vuelta y recuperar sin más el programa original de la historia social, pues en el entreacto ha entrado en crisis el paradigma clásico de las ciencias sociales en que aquella se fundaba. El tipo de análisis histórico que reclama la visión del pasado adecuada a las nuevas sensibilidades ciudadanas implica el empleo de un repertorio de categorías, teorías y métodos diferentes a los que en su día levantó el paradigma de la historia social.

Esto es así para empezar porque el sujeto de esta nueva identidad colectiva que busca anclarse en el pasado no es ya la clase social ni ningún otra clasificatoria sobre los grupos sociales “estructurales”; y tampoco es la “ciudadanía” ni ninguna identidad política sin más. El sujeto central de esta futura narrativa es la plebe, que es el término genérico que en el registro histórico designa habitualmente a los excluidos, los marginados, los sin nombre ni reconocimiento en un orden institucional establecido. Hablar de plebe es hablar de un ente complejo y variable que no obstante se insinúa de manera recurrente en el espacio público y alrededor de prácticas políticas desde el Renacimiento -período en que se reacuñó el término clásico de “plebe”- hasta la actualidad. Se trata por tanto de una terminología bien representada en los trazos del pasado, pero cuyo contenido resulta inasible desde el paradigma clásico de las ciencias sociales, pues no responde a ninguna cesura social estructural, y su identidad se hace y deshace constantemente en procesos contingentes y a menudo volátiles de visibilización colectiva en el espacio público. No hay una plebe transhistórica sino diversas configuraciones antropológicas producidas por variados mecanismos de clasificación social y exclusión y por cambiantes procesos de construcción de identidad e irrupción colectiva en la esfera pública.

La experiencia y la constitución de este tipo de sujeto sólo se puede interpretar adecuadamente reuniendo en un marco analítico la herencia de la historia social, la historia política y la historia cultural, suplementadas con enfoques teóricos, metodológicos y epistemológicos interesados en la construcción social de significado y a la gramática de los conflictos sociales.

Se abre así una oportunidad para fundar un nuevo edificio historiográfico que, en diálogo con los reclamos de narrativas que emergerán de la sociedad civil en los próximos años, restablezca en el conocimiento del pasado a la vez el rigor analítico perdido y el interés para una sociedad más consciente y activa. Harán falta investigadores y analistas dispuestos a evitar que las nuevas narrativas interpreten a esa plebe naturalizando los valores de la nueva ciudadanía en movimiento.

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