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Pasado intercultural y educación ciudadana

intercultural
Cuando se habla de relaciones entre culturas, está ya ampliamente difundida una clasificación simple que distingue entre tres posibilidades genéricas: asimilacionismo, multiculturalismo e interculturalidad. A partir del reconocimiento de un mundo multicultural y en un contexto de globalización que aumenta exponencialmente las interacciones entre culturas, cada una de ellas comporta una actitud hacia “el otro” y conlleva muy diferentes actitudes políticas y opciones de integración; éstas se fundan a su vez en planteamientos epistemológicos, si bien más bien implícitos y apriorísticos.

El asimilacionismo es la opción que suele ser predominante tanto en la opinión pública como sobre todo en el tratamiento institucional de fenómenos como por ejemplo la inmigración. El enfoque asimilacionista se parapeta de manera excluyente tras unos supuestos rasgos esenciales o consustanciales a una cultura y argumenta a favor de la necesidad de identificación del “otro” con los valores de ésta, considerada superior además de dominante en el territorio en el que tiene lugar la coexistencia entre miembros de distintas culturas.

El multiculturalismo suele contraponerse al asimilacionismo y es a menudo identificada con una manifestación de relativismo cultural. Viene a plantear que todas las culturas son igualmente valiosas y no deben colocarse en jerarquía, de lo cual se deriva un planteamiento a favor de la convivencia sin imposiciones políticas. Aunque filosóficamente trata de distanciarse del etnocentrismo y pese a las enormes diferencias de actitud con respecto al asimilacionismo, suele compartir con éste una misma percepción ontológica de las culturas como entidades estancas y autosuficientes, aunque en este caso ello no excluye el mutuo enriquecimiento por contacto. Se adapta bien a los reclamos identitarios de minorías que se sienten amenazadas, a las que aporta recursos discusivos para la resistencia.

La interculturalidad finalmente asume el carácter esencialmente interactivo de las culturas. Para la interculturalidad las culturas están siempre en contacto, y de lo que se trata es de maximizar su mutuo enriquecimiento a través de la comunicación y el intercambio consciente. Alternativa más elaborada intelectualmente, en su versión menos exigente asume que las culturas carecen de confines definidos y de valores radicalmente idiosincrásicos; en una versión más exigente reconoce que el concepto mismo de cultura es una cosificación etnocéntrica que obstaculiza la comprensión de los cambios culturales producidos por la interacción entre personas y grupos, aunque también señala los enormes retos que comporta la traducción de valores entre culturas y en última instancia la comunicación entre ellas. Aunque da pie a experiencias importantes de mejora de la convivencia, suele ser ninguneada en las políticas públicas y si es invocada es con objeto de descafeinarla; tampoco agrada a las minorías favorables a las “políticas de identidad”.

Pues bien, estas tres opciones genéricas son igualmente aplicables a las relaciones que los expertos y no expertos de las sociedades multiculturales del mundo globalizado entablamos con las culturas que nos precedieron en el pasado. Atraviesan, en definitiva, las investigaciones históricas, produciendo sus propias modalidades de “integración” narrativa de los “otros” antepasados.

El asimilacionismo se corresponde con lo que en ocasiones recibe el nombre de “presentismo”, un estilo de pensar histórico que no percibe diferencias constitutivas esenciales entre contextos históricos distintos o no considera que tengan relevancia para el conocimiento del pasado y menos para su narración en el presente. Cuando el posicionamiento presentista se produce de modo consciente y se justifica con el aval del método “científico”, produce un estilo narrativo que asimila de todo lo relacionado con el pasado a los parámetros convencionales del presente, borrando cualquier “ruido” alterizante.

Cuando se produce de modo inconsciente, el observador/narrador actúa como un traductor de conductas y prácticas del pasado a su supuesto equivalente funcional en el contexto desde el que escribe, pero esta operación suele dejar a su paso trazos del pasado irreductibles que desbordan el marco interpretativo y narrativo escogido, abriendo la puerta a miradas alterizantes. El presentismo es el sustrato historiográfico que mejor se adapta a deontologías profesionales corporativas, cerradas sobre sí mismas en torno de consensos cientifistas, y ubicadas dentro de culturas académicas y políticas que no otorgan otro valor al conocimiento del pasado que el puramente informativo.

El enfoque multiculturalista es una rareza en la literatura histórica: acoge a minorías de eruditos que, movidos por el prurito de señalar constantemente la singularidad y la unicidad de los acontecimientos del pasado, terminan insertando en sus narrativas segmentos enteros de la alteridad del pasado. No es habitual que se muestren capaces de aislar contrastes significativos con el presente susceptibles de establecer comparaciones iluminadoras. Los autores multiculturalistas perviven en los márgenes del mundo académico, que les permite mantener su actividad siempre que no atente contra el enfoque presentista hegemónico.

Finalmente, la interculturalidad hacia el pasado es parcialmente practicada por especialistas sensibles a las diferencias entre los valores en que se fundan las instituciones y prácticas del presente y los de las épocas pasadas que estudian, y que se toman en serio la necesidad de salvaguardar narrativamente su idiosincrasia en lugar de apresurarse a trasponerla a los términos del presente.

En su versión más exigente comprende que el patrimonio documental legado desde el pasado constituye el más rico arsenal de experiencia humana “otra”, y por tanto susceptible de ser en última instancia fuentes de alternativas culturales y políticas. Sin embargo, la historiografía intercultural se practica normalmente en su versión de mínimos, lo cual da lugar a declaratorias retóricas que no vienen acompañadas de un compromiso con los retos teóricos y metodológicos que esta opción comporta. Sucede entonces que hay historiadores interculturales que carecen de conciencia de serlo, así como predomina un especialista que se jacta de una sensibilidad a la alteridad del pasado que no se refleja en sus investigaciones. Esta situación cortocircuita la posibilidad de una coalición entre autores y públicos de dentro y fuera del universo académico sensibles a narrativas interculturales del pasado.

¿Estamos abocados a la hegemonía del presentismo? Al igual que sucede en el intercambio entre culturas en el espacio, en general en la narración histórica predominan los prejuicios asimilacionistas. Pero en este caso hay una razón específica añadida. El presentismo es una de las bases narrativas de la naturalización, tecnología epistemológica con la que los grupos humanos –nacionales, de clase, etc- enraízan en el pasado su identidad. Esto da a las narrativas presentistas una poderosa dimensión como tecnología social indispensable para la estabilización de la identidad.

El precio que se paga es sin embargo muy elevado, pues no sólo se obstruye y ocluye una cantidad ingente de conocimiento en relación con el pasado, sino que la historia permanece esencialmente como un campo para pugnas discursivas y usos políticos, que vienen además fomentados por el propio marco académico, el cual, tras la retórica científica, funciona como el gran paraguas del presentismo y la naturalización.

Al igual que sucede fuera de la historiografía, la buena noticia es que las minorías multiculturalistas e interculturales no pueden ser erradicadas, y que cuentan ya con un importante bagaje de obras y reflexiones. Lo que falta es un criterio que les dé unidad. No obstante, como sucede con las maneras de abordar las culturas en la era de la globalización, éste no puede estar basado en la utilidad cognoscitiva o disciplinaria sino en un posicionamiento de carácter moral.

Al igual que conviene distanciarse del burdo asimilacionismo y avanzar en la línea de la interculturalidad, una educación ciudadana de calidad reclama el desarrollo de una cultura histórica fundada en el conocimiento intercultural del pasado. La mirada intercultural sobre el pasado no es, sin embargo, una tecnología científica ni una técnica o método, sino que es el resultado de una sensibilización epistemológica para la que la historiografía profesional no se ha venido preparando a lo largo del siglo XX. El futuro del diálogo intercultural con el pasado depende de un nuevo código deontológico.

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